Mi gata Pizca.

Mi gata Pizca.
Mi gata Pizca.

Hoy no voy a escribir sobre ningún juego de mesa ni sobre ninguna partida.  Hoy os voy a dejar un recuerdo, a modo de desahogo personal, en memoria de un ser querido que nos dejó ayer por la tarde después de una semana muy chunga: nuestra gata Pizca. Ya era viejecita, por lo que es normal que muriese, pero lo que es normal no está reñido con el dolor y el vacío que nos ha dejado a todos en casa.

Es el único animal que he comprado en una tienda de animales, ya que el resto los hemos ido adoptando de centros veterinarios. Cada vez que íbamos al centro comercial donde estaba la tienda y pasábamos por delante del escaparate, allí estaba ella, cada vez más malita de los ojos y con más carita de pena. Cuando entramos a la tienda a preguntar por ella, el dependiente de la tienda nos dijo que nadie la quería porque tenía una mancha muy fea en la cara (hay que ser imbécil!) y que por eso tampoco le echaba mucha cuenta (más imbécil todavía el dependiente!). El caso es que nos la llevamos a casa, y gracias a un estupendo veterinario conseguimos curarle los ojitos y la descomposición crónica que tenía (según el veterinario por una mala alimentación) y se quedó con nosotros.

Han sido 15 años maravillosos junto a ella. Era muy asustadiza y le daba miedo cualquier ruido o persona extraña, pero con nosotros era encantadora, amable y cariñosa.

Cierto es que a veces era desesperante: cuando se ponía a maullar porque quería agua del grifo “fresquita” y no del bebedero, o cuando te ponías a colocar piezas en la mesa para jugar a algo y ella estimaba que no era el momento y se ponía a darles con la pata para tirarlas al suelo y que desistieses del intento para tener tiempo de darle mimitos; o cuando en pleno verano se tumbaba sobre mis piernas y hacía efecto estufa; o cuando decidía que la mesa era para ella, y barría a coletazo limpio todo lo que estuviese a su alcance sin ningún tipo de reparo. Pero también era muy tierna: cuando me “aseaba” el pelo después de lavármelo, o cuando se ponía a ronronear como una locomotora porque le encantaba que le acariciase con las uñas debajo de la barbilla;  cuando empotraba su cabecita contra mi mano porque quería cariños; cuando se te quedaba mirando con esos ojos verdes abiertos de par en par y si le hablabas respondía con un pequeño ¡miau!… son tantos los momentos que he pasado con ella que no hay forma de decidirme por un conjunto de ellos.

Ahora siento que no le eché demasiado cuenta, que podría haber pasado más tiempo con ella, que podríamos haber jugado más… pero en el fondo sé que no es cierto. Sé que son las circunstancias y la tristeza la que me llevan a este tipo de pensamientos negativos. Disfrutamos la una de la otra todo lo que pudimos, y ahora tengo que centrarme en las cosas positivas que hemos vivido juntas y no hundirme en el pozo del reproche y la tristeza.

Le encantaba el olor de mi hijo pequeño y siempre intentaba dormir en su cama o junto a su ropa. Además, lo dejaba que se acercase con total confianza y le acariciase la barriguita sin hacer ningún intento de arañarle. A él le ha afectado mucho su muerte. Se sentía extraño, y decía que estaba “preocupado” por ella. Ya conseguimos darle nombre a lo que sentía: tristeza. Se ha pasado llorando conmigo casi dos días, de ver lo malita que estaba y después, cuando murió, por no poder volver a estar con ella. Como despedida le ha regalado su peluche favorito, para que lo recuerde y nunca se olvide de él. Ha sido su forma de rendirle homenaje.

Escribir estas líneas ha sido la mía.

Quizás no sea el sitio más adecuado para hacerlo, quizás no sea muy profesional dejarlo reflejado aquí, y estoy segura de que la redacción es pésima, porque son tantos sentimientos que me desbordan… que mis dedos son capaces de reflejar… pero este blog es un proyecto muy personal y, como tal, tenía la necesidad de compartir con vosotros lo que siento en estos momentos, aunque no sea ni el lugar ni forma más adecuada.

Adiós, Pizquita!

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